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El cambio de paradigma de la economía mundial: el ocaso de la globalización

Magdalena Cadagua
Analista de Iberglobal

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El mundo está asistiendo a un cambio en el paradigma que ha regido el comercio y la economía mundial y que alumbró la globalización. Dicho cambio otorga un nuevo protagonismo tanto a la política comercial como a la política industrial.

De la misma manera que la Reciprocal Trade Agreements Act de 1934 supuso el fundamento jurídico norteamericano para el crecimiento del comercio internacional y el arranque del proceso de globalización de la economía mundial tras la Segunda Guerra Mundial, las recientes Inflation Reduction Act (IRA) y Chips and Science Act de 2022 marcan el fin de dicho proceso, señalan el fin de la globalización, la superación de un paradigma económico que ha gobernado la economía global durante, prácticamente, ochenta años y que ahora se agota.

Aunque, el IRA sea la evidencia final del mencionado cambio de paradigma, lo cierto y verdad es que este es un proceso que arranca con la política de aumento de los aranceles de la administración Trump, se consolida con el bloqueo norteamericano del proceso de renovación de jueces del Mecanismo de Resolución de Diferencias de la Organización Mundial del Comercio, lo que supone la inutilización práctica de esta organización, y, por último, desemboca en la política industrial de la administración Biden. Dos administraciones norteamericanas de distinto signo coinciden en alimentar la desglobalización, una con argumentos de reindustrialización y la otra como herramienta de lucha contra el cambio climático. A pesar de la diferencia argumental, esta coincidencia instrumental asegura la consolidación del nuevo paradigma.

Una prueba adicional del mencionado proceso de sustitución de paradigmas es la desaparición, en todo argumentario político, de cualquier referencia al comercio internacional como generador de riqueza, estabilizador de precios y asegurador de las rentas reales. Se ha impuesto el discurso de la seguridad estratégica, en el caso de la Unión Europea, y del mercantilismo miope, que fija su atención en el signo de la balanza comercial sin atender a los demás renglones de la Balanza de Pagos.

En el marco geopolítico y de enfrentamiento entre China y EE. UU., esta política norteamericana se sustancia en una confrontación entre el binomio subvenciones-protección arancelaria, por un lado, y las economías de escala, auténtico fundamento de la moderna competitividad del país asiático, por otro. El mencionado binomio está enfocado a desarticular el potencial competitivo de las segundas, dando lugar a un exceso de capacidad instalada y evidenciando así un fenómeno de sobreinversión. Todo ello aviva ciertos recuerdos a la dimensión económica de la carrera armamentística entre EE.UU. y la URSS durante la Guerra Fría.

Es muy posible que la víctima propiciatoria de este cambio de paradigma sea, precisamente, la UE, adalid del librecambio, pues esta organización se enfrenta a una asimetría que cabe adjetivar de existencial No puede dar una respuesta de política industrial pues esta no es una competencia suya sino de los Estados Miembros que la componen. En el ámbito exterior, sólo la política comercial es una competencia exclusiva de la UE. Esta asimetría es la misma a la que se enfrenta la UE en el diseño, desarrollo y ejercicio de una política exterior común. El único instrumento negociador del que, efectivamente, dispone es la mencionada política comercial. El resto de los mecanismos instrumentos y palancas que componen el arsenal de cualquier política exterior son competencia de los Estados que componen la Unión. Esta falta de instrumento está en consonancia con los errores de planteamiento y la escasez de éxitos de la política exterior de la UE.

En el marco interior de la UE, esta política industrial, liberada de las limitaciones que impone la normativa europea en materia de ayudas de Estado al amparo del novedoso concepto de autonomía estratégica, resultará, lógicamente, en el triunfo de quien disponga de un mayor margen en materia de política fiscal (déficit, deuda, capacidad recaudatoria, etc.).

Por último, en este nuevo contexto de cambio de paradigma y desglobalización, cabe preguntarse si queda margen para el desarrollo de una política de internacionalización o si, por el contrario, el margen fiscal disponible debería invertirse en política industrial. La dificultad de la respuesta es más que evidente, pero la reflexión al respecto es necesaria y su inmediatez una obligación.