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¿Tiene España un planteamiento geoestratégico?

Magdalena Cadagua

Magdalena Cadagua, analista de Iberglobal, analiza la ausencia de interés real, tanto por parte del sector público como por parte de la sociedad civil españoles, por la creación y funcionamiento de instrumentos, medios e instituciones que contribuyan a la construcción de una política exterior coherente y representativa de la pléyade de intereses que configuran una sociedad moderna y democrática como la española. Éste es, posiblemente, el primer y más significativo obstáculo para que la política exterior sea, en nuestro país, una política de Estado y, en consecuencia, se materialice en un planteamiento geoestratégico relevante y, lo que es más importante, efectivo.

MAEUC

Al comienzo de todo ciclo político o al arranque de toda legislatura, surge, entre medios políticos y periodísticos, la cuestión de la necesidad de un consenso básico en materia de política exterior que contribuya a considerar ésta como una política de Estado. No se plantea el disenso.  Parecería que todos los participantes en este debate estuvieran de acuerdo; pero, al final, todo se diluye en la batalla partidista. Ese entusiasmo inicial queda en agua de borrajas, pues la verdad del caso es que todo ese entusiasmo no deja de ser puro voluntarismo. Ni el poder político ni la sociedad civil tienen verdadero interés en que la política exterior se encuentre a salvo de los vaivenes del poder político.

La sociedad civil española, en materia de política exterior e internacional, es, cuanto menos, pasiva, limitándose a observar y experimentar las consecuencias de lo dictado desde el poder gubernamental del momento. No intenta informar a éste de sus intereses y prioridades, a fin de intentar condicionar sus planteamientos y estrategias en materia de política exterior. Por el contrario, suele ser dicho poder gubernamental quien, habitualmente, con gran aparato mediático, hace alarde de convocar a representantes escogidos de dicha sociedad civil para transmitir lo ya decidido en esta materia.

En economía, gracias a Samuelson, existe la teoría de la preferencia revelada, como alternativa a la elegante pero inconmensurable teoría de la utilidad, por la que las preferencias del consumidor y la utilidad derivada de las mismas quedan reflejadas en sus propias pautas de consumo.  A partir de este planteamiento, el reducido número y la escualidez de los centros, institutos y think tanks en materia de política exterior promovidos y gestionados, desde el sector privado español, por nuestra sociedad civil es una demostración palpable de la falta de interés de ésta por la política exterior, por condicionarla, por influir en ella y, en consecuencia, convertirla en una política de Estado resguardada de las cambiantes condiciones de la batalla política cotidiana.

En España, el “think tank” más relevante en materia de política exterior tiene una fuerte dependencia de los presupuestos públicos y su máximo dirigente, desde su fundación, ha sido nombrado por el partido político en el poder. En definitiva, como dice el viejo dicho sajón "If it looks like a duck, swims like a duck, and quacks like a duck, then it probably is a duck".

Pero el sector público español tampoco es una gran referencia ni ejemplo, pues no cuenta con un sistema integrado que permita la formulación de una política exterior a partir de, primero, la identificación de intereses, segundo, el establecimiento de objetivos y, tercero, la definición de estrategias.

Por el contrario, son múltiples los segmentos de dicho sector público, en definitiva, de la Administración que atienden a sus visiones sectoriales y soberanas de la actividad internacional sin que haya una institución, organismo o mecanismo que los integre, jerarquice y resuelva conflictos de objetivos. La coordinación es, precisamente, eso, no la simple solución de estos procesos apelando a una idealizada jerarquía basada en un nominalismo puramente decimonónico y que, progresivamente, se ve vacío de contenido real, como demuestran los hechos. Así, existe una política exterior diplomática, una política exterior económica, una política exterior militar, etc., que, como el proverbial bombero, pisa la manguera de los intereses cruzados, los objetivos contradictorios y las estrategias contraproducentes. Nuevamente, la preferencia revelada arroja un importante, significativo y revelador haz de luz.

Esta actitud compartida de ausencia de interés real, tanto por parte del sector público como por parte de la sociedad civil españoles, por la creación y funcionamiento de instrumentos, medios e instituciones que contribuyan a la construcción de una política exterior coherente y representativa de la pléyade de intereses que configuran una sociedad moderna y democrática como la española es, posiblemente, el primer y más significativo obstáculo para que la política exterior sea, en nuestro país, una política de Estado y, en consecuencia, se materialice en un planteamiento geoestratégico relevante y, lo que es más importante, efectivo.