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El tamaño de las empresas y el sector exterior de la economía española

 

Fabio, Chencho, el tamaño de las empresas y el sector exterior de la economía español

 

Roque San Severino


Una de las situaciones de mayor tensión que, desde las Guerras de Banderías y la invasión napoleónica, se han vivido en Balmaseda aconteció, cuando Chencho, empresario del sector de la madera, durante muchos años corazón de la vida industrial de la villa, un tanto achispado, en el bar de Agustín, dio un palmetazo a Fabio en la espalda y se refirió a ambos, a voz en grito, como “nosotros los empresarios”. La tensión se produjo por dos circunstancias: por un lado, la mayor parte del auditorio de dicha exclamación eran empleados de uno o de otro, de manera que cualquier conflicto o diferendo les hubiera arrastrado hasta extremos a los que sólo podría poner fin la pareja de la Guardia Civil o el puesto de socorro; y, por otro, ninguno de los presentes, a excepción, claro está, del propio del propio Chencho, hubiera incluido a ambos interfectos en la misma categoría empresarial ni por tamaño, ni por sector, ni por nivel tecnológico, ni por cualificación técnica. Naturalmente, la cosa no pasó a mayores y Fabio, con la prudencia que siempre ejerció en todos los ámbitos de la vida, sencillamente, sonrió, con cierta picardía, y salió del local del brazo de su amigo Escola.

La paradoja de nuestro sector exterior

Tras el velo financiero que caracteriza la presente crisis económica española, parece abrirse paso, lenta, inexorable, pero también, infructuosamente, la idea de que el sector exterior es la clave para la superación de dicha crisis, hasta convertirse en un lugar común que, por evidente, para casi todos, tampoco es que aporte mucho al debate económico, con la posible excepción del incomprensiblemente procíclico recorte en la inversión pública en la promoción de la actividad exterior de las empresas españolas.

Sin embargo, sí parece importante reflexionar sobre si la orientación de la política residual de promoción de esta actividad internacional de las empresas está correctamente orientada y, particularmente, si ésta es viable sin el soporte de una política industrial de fundamento. Para ello, es necesario avanzar, en primer lugar, que, por motivos, de naturaleza, comprensiblemente, política y, en gran medida, como reflejo de las políticas practicadas en otros países, durante, prácticamente, los últimos quince años, dicha política de internacionalización ha tenido como protagonista básico a la pequeña y mediana empresa.

En segundo lugar, es necesario subrayar la relevancia de las reflexiones del profesor Pol Antràs  y su explicación a la aparente paradoja o, si se prefiere, contradicción, que suponen dos hechos relevantes, por no decir diferenciadores, de la economía española, sin moneda propia y con un alto grado de inflexibilidad  en los salarios, como son:

1. El casi nulo crecimiento de la productividad del trabajo y el consiguiente deterioro de la competitividad.

2. La constancia de la cuota española del comercio internacional, que se ha mantenido en un entorno del 2%.

En teoría, el primer hecho debería haber conducido a un deterioro de la participación de la economía española en el mercado internacional y, en consecuencia, esta constancia supone, como se ha indicado, una paradoja que tiene su explicación en el hecho de que la pérdida de competitividad es superior en el segmento de empresas no exportadora que en el de empresas exportadoras. Pero esta explicación, por sí sola, es insatisfactoria e, inmediatamente le surge a la lumbrera más sombría la pregunta de por qué, en una economía abierta como es la española, surgen estas diferencias de productividad entre las empresas exportadoras y las no exportadoras. La respuesta que ofrece el profesor Antràs es que dentro de aquellas existe un grupo de grandes empresas que son, significativamente, más productivas. Así, surge la evidencia de que la solidez de la cuota española en el mercado internacional está muy relacionada con la alta competitividad de un pequeño grupo de grandes empresas y que, paralelamente, en España, las pymes son más ineficientes que en otros países.

¿Están bien invertidos nuestros recursos públicos?

A partir de estas conclusiones, es ineluctable preguntar si una política de fomento de la internacionalización centrada en la pequeña y mediana empresa es, por un lado, viable y, por otro, supone el mejor uso de los muy escasos recursos públicos. ¿No será que, promoviendo el acceso al mercado exterior de empresas marcadamente menos productivas que sus homólogas, digamos, alemanas o francesas, estamos, de hecho, reforzando la falta de competitividad de nuestro sector exportador?

Para responder a esta pregunta, posiblemente, resulte inevitable rebuscar en baúl de las ideas olvidadas,  recuperar el famoso artículo de Axel Leijonhufvud  y comprobar que el divorcio entre las dos castas de los Econs, a saber, macros y micros, no se limita al mundo académico sino que también se verifica en la tribu de los que tienen que elaborar la política económica. Así, el modelo keynesiano supone el punto álgido del dominio de los primeros, planteando que el ajuste de la economía sólo tiene sentido en la esfera agregada, manejando las macromagnitudes básicas del gasto público, los impuestos y los tipos de interés. El resto son simples resultados y, notablemente, el equilibrio externo de una economía es, sencilla y simplemente, el reflejo contable de la diferencia entre ahorro e inversión.

La crisis de la “stagflation”, de los años 70 y 80 del siglo pasado, tambaleó el modelo keynesiano, pero sin llegar derrocar el dominio de los macros dentro de la tribu de los Econs. Las soluciones monetaristas, aún reconociendo la relevancia de variables propias de la casta de los micros, como la productividad, seguían colocando su confianza en el “arma definitiva” de los tipos de interés y del control monetario.

La perspectiva de Antràs nos ofrece una visión completamente diferente y, en el fondo, nos recuerda que no existe un concepto aséptico de economía general y genérica sino realidades muy diferentes que se complementan con  adjetivos gentilicios como economía española, economía francesa o economía norteamericana. Por consiguiente, no existen remedios universales y, por el contrario, la fórmula magistral, la receta particularizada y personalizada, es la única solución creíble y viable. Esto es aún más verdad cuando estas economías sólo antaño fueron nacionales y hogaño no son sino economías regionales, sumergidas en una unión económica y monetaria, tras un intenso proceso de cesión de soberanía en materia económica, donde la única variable autónoma de política económica es, sencillamente, la de la composición del gasto público. El resto, de hecho o de derecho, directa o indirectamente, por imposición legal o de la fuerza de la competencia, son decisiones que se toman allende nuestras fronteras, respondiendo, lógicamente, a realidades e intereses más amplios y generales que los nuestros.

En este contexto de muy limitado margen de maniobra de política económica, el simple estímulo de una de las variables de la demanda agregada, con un criterio ciegamente macro, sin actuar sobre la realidad productiva y sectorial de la economía, se filtrará, al exterior, por vía de importaciones, como, efectivamente, ha ocurrido en España durante los últimos tres años, aminorando el impacto final de los sucesivos paquetes de gasto, y, sólo cuando se ha agotado, por acumulación de déficit y de deuda pública, el recurso al estímulo público de la demanda, empieza a ser el sector exterior el componente dinámico que tira del resto de la economía, como ya lo fue en las anteriores crisis de 1979 y en 1992.

Por consiguiente, en el actual contexto tanto de la economía española como de margen de maniobra de la política económica española, pocos caudales públicos estarán mejor invertidos que aquellos que se destinen al reforzamiento de dicho sector exterior y, por consiguiente al reforzamiento de la actividad internacional de las empresas españolas. Sin embargo, la paradoja arriba explicada nos obliga a ir más allá de esta declaración genérica y plantearnos si nuestra mejor apuesta es la de continuar fomentando la internacionalización de las pequeñas y medianas empresas. En esta decisión, es preciso sopesar si estos escasos caudales estarían mejor empleados en fomentar la internacionalización de las pymes o, por el contrario, de las grandes empresas.

Por un lado y a favor de la inversión en internacionalización de las pymes, cabe argumentar que el estímulo de la actividad exterior de las pymes, posiblemente, tendrá un efecto más rápido sobre el empleo, al ser, por regla general éstas más intensivas en este factor productivo. Asimismo, conviene recordar que la normativa europea en materia de ayudas de estado es sustancialmente más laxa en el caso de las pymes que en el de las grandes empresas.

Por el contrario y conforme a los criterios expuestos por el profesor Antràs, posiblemente, la incorporación de un número creciente de pymes al sector exportador acabe deteriorando la competitividad de dicho sector exportador, afectando así la constancia de la cuota española del mercado internacional; por lo que cabe preguntarse si los escasos recursos públicos en internacionalización no estarían mejor empleados si se destinaran a reforzar la actividad internacional de estas grandes empresas particularmente productivas.

Asimismo, parecería legítimo plantearse que, si la salvación del sector exterior de la economía española son las grandes empresas, posiblemente, lo que tenemos, en el fondo, es un problema de tamaño medio de las empresas españolas, que requeriría una actuación específica de política industrial que intentara reforzar, a través de fusiones y adquisiciones, el tamaño medio de las empresas de nuestro país. Si esto fuera así, una vez más, paradójicamente, la actual política de discriminación positiva hacia la pyme, por ejemplo, en el tipo del impuesto de sociedades, sería un estímulo negativo que contribuiría a alejarnos aún más de nuestro objetivo, reforzando los motivos de desequilibrio.

En definitiva, la presente crisis debe conducir a nuestros políticos y a nuestros economistas a la conclusión de que los días de la total libertad para el manejo de las variables de política económica han pasado a mejor vida y que la política económica tiene hoy más sentido más allá del cuadro macroeconómico que dentro del mismo, dentro del análisis sectorial que al margen de éste y, por tanto, ha de ser más próxima a la grasa e hilacha de la micro que a la distante elegancia de la macro, pues, como bien sabía Fabio, el siderúrgico de Balmaseda, y ahora ha puesto de manifiesto el profesor Antràs, no todas las empresas son iguales.