TTIP: fracaso, consecuencias y debate

2016 Septiembre 5
Escrito por Atrium

El verano, indudablemente, ha producido novedades, aunque muchas pasen desapercibidas, tanto para el público en general como para muchos analistas. Tras el fogonazo que supuso el Brexit, todos los expertos se pusieron a valorar el coste económico y político que, para unos y otros, supondrá esta nueva realidad geopolítica. Sin embargo, muy recientemente, se ha producido un nuevo hecho que posiblemente tenga tanta o más trascendencia económica como política y que ha pasado bastante desapercibido. Este es el caso del fracaso, prácticamente irremediable ya, de la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (ATCI), conocido en inglés como Transatlantic Trade and Investment Partnership (TTIP).

La constatación de dicho fracaso, viene determinada por tres factores fundamentales como son:

  • el limitado mandato del presidente Obama, que será sustituido, en el mes de diciembre, por uno de los dos candidatos actuales en las próximas elecciones norteamericanas, uno de escasos ámbitos de coincidencia es, precisamente, la oposición a esta asociación.
  • La pérdida del protagonismo británico, principal impulsor del acuerdo en el ámbito de la UE, con posterioridad al referéndum del Brexit.
  • la clara oposición francesa, ya explícita, y, en menor medida, alemana a los términos actuales del proyecto de acuerdo.

Tiempo habrá para valorar el impacto económico del fracaso de esta iniciativa trasatlántica. Sin embargo, es preciso realizar una valoración política de urgencia. En primer lugar, es imprescindible reflexionar en torno a lo que significa este primer fracaso en el historial de la negociación comercial europea. Uno de los fundamentos de los sucesivos tratados que, desde el tratado de Roma, sustentaron la integración europea, fue la competencia exclusiva de la Comisión en materia de política comercial. Este principio está hoy reflejado en el vigente tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, concretamente, en su artículo 207, heredero del conocido artículo 113 del tratado constitutivo del Mercado Común. En este caso, son, esencialmente, las aprensiones y temores de ciertos segmentos de la sociedad francesa los que han llevado, en plena proceso preelectoral, a que el presidente Hollande manifieste su disposición a vetar dicho acuerdo, difuminando, en gran medida, el protagonismo de la Comisión en materia de política comercial, transfiriendo el peso de la decisión al Consejo y, en consecuencia, transformando, de hecho, una política común en el resultado de un simple consenso intergubernamental, con todo lo que ello implica desde el punto de vista de la construcción europea.

De este análisis se deriva la pregunta de si este fracaso puede entenderse como un hecho aislado o, por el contrario y conjuntamente con el Brexit, puede interpretarse como un factor de relevancia dentro de una realidad de mayor calado. Parece existir un cierto consenso entre los analistas políticos en el sentido de que la ola de populismo, tanto de derecha como de izquierda, que, en la actualidad, se pone de manifiesto a ambos lados del Atlántico, no es sino el resultado de un rechazo a la globalización causado por la crisis económica, la pérdida de identidad y, en consecuencia, el miedo al futuro por parte de las clases medias. Esta realidad describe, curiosamente, tanto el panorama actual como el existente en el período de entreguerras, cuya característica fundamental, desde el punto de vista del comercio internacional, fue el llamado “bilateralismo feroz”. La pregunta ahora es si similares circunstancias políticas pueden dar lugar a similares respuestas económicas y si, en consecuencia, debemos plantearnos la posibilidad de que el futuro del comercio internacional no sea el de una creciente apertura, liberalización y globalización sino el retorno a un período de intervencionismo y proteccionismo.

Así, parece claro que el TTIP no es cosa de cuatro técnicos especializados sino que es una iniciativa cuya evolución y posible fracaso tienen un gran trasfondo y una indudable significancia política. ¿Pero, cuál es la postura española? ¿Hacer seguidismo de la Comisión? ¿Tiene sentido esta estrategia en estos momentos y bajo las actuales circunstancias? ¿Responde la actitud francesa a los intereses españoles? ¿Cuáles son los intereses españoles? Es evidente que las preguntas son muchas y relevantes y, en consecuencia, el primer paso debería ser exigir que las autoridades comerciales españolas comenzaran explicando a la opinión pública cuál es su postura en torno al TTIP, en qué consiste su estrategia y qué implicaciones tendrá para España y para la UE su fracaso. En este caso, la ausencia de información y del consiguiente debate sólo servirá para abonar el miedo y los deseos de aislamiento.

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